Vamos á otra cosa: Torquemada no era de esos usureros que se pasan la vida multiplicando caudales por el gustazo platónico de poseerlos; que viven sórdidamente para no gastarlos, y al morirse, quisieran, ó bien llevárselos consigo á la tierra, ó sepultarlos donde alma viviente no los pueda encontrar. No: D. Francisco habría sido así en otra época; pero no pudo eximirse de la influencia de esta segunda mitad del siglo XIX, que casi ha hecho una religión de las materialidades decorosas de la existencia. Aquellos avaros de antiguo cuño, que afanaban riquezas y vivían como mendigos y se morían como perros en un camastro lleno de pulgas y de billetes de banco metidos entre la paja, eran los místicos ó metafísicos de la usura; su egoísmo se sutilizaba en la idea pura del negocio; adoraban la santísima, la inefable cantidad, sacrificando á ella su existencia material, las necesidades del cuerpo y de la vida, como el místico lo pospone todo á la absorbente idea de salvarse. Viviendo Torquemada en una época que arranca de la desamortización, sufrió, sin proponérselo él mismo, ni aun comprenderlo, la metamorfosis que ha desnaturalizado la usura metafísica convirtiéndola en positivista; y si bien es cierto, como lo acredita la historia, que desde el 51 al 68, su verdadera época de aprendizaje, andaba muy mal trajeado, con afectación de pobreza; la cara y las manos sin lavar; rascándose á cada instante en brazos y piernas cual si llevase miseria; el sombrero con grasa; la capa deshilachada; si bien consta también en las crónicas de la vecindad que en su casa se comía de vigilia casi todo el año, y que la señora salía á
Pues en los últimos años de Doña Silvia, la transformación acentuóse más. Por aquella época cató la familia los colchones de muelles; Torquemada empezó á usar chistera, de cincuenta reales; disfrutaba dos capas, una muy buena, con embozos colorados; los hijos iban bien apañaditos; Rufina tenía un tocadorcillo de mírame y no me toques, con jofaina y jarro de cristal azul, que no se usaba nunca por no estropearlo; Doña Silvia se engalanó con un abrigo de pieles que parecían de conejo, y dejaba bizca á toda la calle de Tudescos y callejón del Perro cuando salía con la visita guarnecida de abalorio; en fin, que pasito á paso y á codazo limpio, se habían ido metiendo en la clase media, en nuestra bonachona clase media, toda necesidades y pretensiones, y que crece tanto, tanto, ¡ay dolor! que nos estamos quedando sin pueblo.
Pues señor: revienta Doña Silvia, y empuñadas por Rufina las riendas del gobierno de la casa, la metamorfo-
Y vió muy pronto D. Francisco que aquellas novedades eran buenas y que su hija tenía mucho talento, porque..... vamos, parecía cosa del otro jueves..... echábase mi hombre á la calle y se sentía, con la buena ropa, más persona que antes; hasta le salían mejores negocios, más amigos útiles y explotables. Pisaba más fuerte, tosía más recio, hablaba más alto y atrevíase á levantar el gallo en la tertulia del café, notándose con bríos para sustentar una opinión cualquiera, cuando antes, por efecto sin duda del mal pelaje y de su rutinaria afectación de pobreza, siempre era de la opinión de los demás. Poco á poco llegó á advertir en sí los alientos propios de su capacidad social y financiera; se tocaba, y el sonido le advertía que era
De la precoz inteligencia de Valentinito estaba tan orgulloso, que no cabía en su pellejo. Á medida que el chico avanzaba en sus estudios, D. Francisco sentía crecer el amor paterno, hasta llegar á la ciega pasión. En honor del tacaño debe decirse que, si se conceptuaba reproducido físicamente en aquel pedazo de su propia naturaleza, sentía la superioridad del hijo, y por esto se congratula-
En lo que digo de las inauditas dotes intelectuales de aquella criatura, no se crea que hay la más mínima exageración. Afirmo con toda ingenuidad que el chico era de lo más estupendo que se puede ver, y que se presentó en el campo de la enseñanza como esos extraordinarios ingenios que nacen de tarde en tarde, destinados á abrir nuevos caminos á la humanidad. Á más de la inteligencia, que en edad temprana despuntaba en él como aurora de un día espléndido, poseía todos los encantos de la infancia, dulzura, gracejo y amabilidad. El chiquillo, en suma, enamoraba, y no es de extrañar que D. Francisco y su hija estuvieran loquitos con él. Pasados los primeros años, no fué preciso castigarle nunca, ni aun siquiera reprenderle. Aprendió á leer por arte milagroso, en pocos días, como si lo trajera sabido ya del claustro materno. Á los cinco años, sabía muchas cosas que otros chicos aprenden difícilmente á los doce. Un día me hablaron de él dos profesores amigos míos que tienen colegio de primera y segunda enseñanza; lleváronme á verle, y me quedé asombrado. Jamás ví precocidad semejante, ni un apuntar de inteligencia tan maravilloso. Porque si algunas respuestas las endilgó de taravilla, demostrando la fuerza de su memoria, en el tono con que decía otras se echaba de ver cómo comprendía y apreciaba el sentido.
La gramática la sabía de carretilla, pero la geografía la dominaba como un hombre. Fuera del terreno escolar,
Pero sus inauditas facultades no se habían mostrado todavía: iniciáronse cuando estudió la aritmética, y se revelaron más adelante en la Segunda Enseñanza. Ya desde sus primeros años, al recibir las nociones elementales de la ciencia de la cantidad, sumaba y restaba de memoria decenas altas y aun centenas. Calculaba con tino infalible, y su padre mismo, que era un águila para hacer, en el filo de la imaginación, cuentas por la regla de interés, le consultaba no pocas veces. Comenzar Valentín el estudio de las matemáticas de Instituto y revelar de golpe toda la grandeza de su numen aritmético, fué todo uno. No aprendía las cosas, las sabía ya, y el libro no hacía más que despertarle las ideas, abrírselas, digámoslo así, como si fueran capullos que al calor primaveral se despliegan en flores. Para él no había nada difícil, ni pro-
Cómo se quedó Torquemada al oir esto, se comprenderá fácilmente. Abrazó al profesor, y la satisfacción le rebosaba por ojos y boca en forma de lágrimas y babas. Desde aquel día, el hombre no cabía en sí: trataba á su hijo, no ya con amor, sino con cierto respeto supersticioso. Cuidaba de él como de un sér sobrehumano, puesto en sus manos por especial privilegio. Vigilaba sus comidas, asustándose mucho si no mostraba apetito; al verle estudiando recorría las ventanas para que no entrase aire; se enteraba de la temperatura exterior antes de dejarle salir, para determinar si debía ponerse bufanda, ó el carrik gordo, ó las botas de agua; cuando dormía, andaba de puntillas; le llevaba á paseo los domingos, ó al teatro; y si el angelito hubiese mostrado afición á juguetes extraños y costosos, Torquemada, vencida su sordidez, se los hubiera comprado. Pero á lo que el fenómeno mostraba loca afición era á los libros: leía rápidamente y como por magia, enterándose de cada página en un abrir y cerrar de ojos. Su papá le compró una obra de viajes con mucha estampa de ciudades europeas y de comarcas salvajes. La seriedad del chico pasmaba á todos los amigos de la casa, y no faltó quien dijera de él que parecía un
Mas el Peor, aun reconociendo que no había carrera á la altura de su milagroso niño, pensaba dedicarlo á ingeniero, porque la abogacía es cosa de charlatanes. Ingeniero; pero ¿de qué? ¿civil ó militar? Pronto notó que á Valentín no le entusiasmaba la tropa, y que, contra la ley general de las aficiones infantiles, veía con indiferencia los uniformes. Pues ingeniero civil ó de caminos. Por consejo del profesor del colegio, fué puesto Valentín, antes de concluir los años del bachillerato, en manos de un profesor de estudios preparatorios para carreras especiales; el cual, luego que tanteó su colosal inteligencia, se quedó atónito, y un día salió asustado, con las manos en la cabeza, y corriendo en busca de otros profesores de matemáticas superiores, les dijo: «voy á presentarles á ustedes el mónstruo de la edad presente;» y le presentó, y se maravillaron, pues fué el chico á la pizarra, y como quien garabatea por enredar y gastar tiza, resolvió problemas di-
Era en verdad interesante aquel cuadro, y digno de figurar en los anales de la ciencia: cuatro varones de más de cincuenta años, calvos y medio ciegos de tanto estudiar, maestros de maestros, congregábanse delante de aquel mocoso que tenía que hacer sus cálculos en la parte baja del encerado, y la admiración les tenía mudos y perplejos, pues ya le podían echar dificultades al angelito, que se las bebía como agua. Otro de los examinadores propuso las homologías, creyendo que Valentín estaba raso de ellas; y cuando vieron que no, los tales no pudieron contener su entusiasmo: uno le llamó el Anticristo; otro le cogió en brazos y se lo puso á la pela, y todos se disputaban sobre quién se lo llevaría, ansiosos de completar la educación del primer matemático del siglo. Valentín les miraba sin orgullo ni cortedad, inocente y dueño de sí, como Cristo niño entre los doctores.