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El hallazgo del pasado
Alfonso el Sabio y la Estoria de España

La Estoria de España como obra de arte

¿Qué fuentes utilizaron los historiadores alfonsíes? ¿Cuáles son los presupuestos ideológicos que laten en la Estoria? ¿Qué imagen del islam y de los musulmanes transmite el texto? ¿Cuál ha sido la influencia de la obra en los siglos posteriores? Conoce por qué la Estoria de España pasa por ser el mayor esfuerzo de reconstrucción del pasado hispánico hasta época moderna.

La Península imaginada

El relato de los hechos acaecidos en el solar hispánico propuesto por la Estoria de España se remonta a los orígenes de la Creación. En efecto, la obra comienza con detalles que en última instancia remiten al Génesis, con mención de episodios tales como la expulsión del Paraíso, el Diluvio universal o la Torre de Babel, para extenderse después en la distribución de los distintos pueblos sobre la tierra, en un par de capítulos muy adobados con datos geográficos. Desde aquí hasta el comienzo del señorío de los cartagineses (cap. 16), para el que ya se contaba con fuentes escritas hoy detectables (latinas en su mayoría), los historiadores alfonsíes tuvieron que realizar un extraordinario esfuerzo de reconstrucción de los orígenes míticos de la Península, para cuya ilustración no parecieron contar con una fuente única hoy reconocible. En efecto, está todavía por desvelar del todo la procedencia de una serie de detalles (o incluso de relatos enteros) incluidos en estos primeros capítulos, procedencia que Menéndez Pidal y sus colaboradores consideraron «probablemente árabe». Lo cierto es que se trata de narraciones de intenso sabor tradicional que cuentan con motivos folclóricos bien conocidos; entre ellas, destacan la fundación de Sevilla por Hércules y César, la población de la isla de Cádiz por Espán y su hija Liberia (Alfonso el Sabio y su mundo#Las mujeres de su vida#Heroínas de la Estoria de España), la espléndida Leyenda del rey Rocas o el señorío de los misteriosos «almujuces», adoradores del fuego.

Hércules fundador

Miniatura en la que se representa a Hércules estrangulando a dos leones. Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial, ms. Y-I-2, fol. 4.
En su relato de los orígenes de España, la Estoria concede un papel fundamental al mítico héroe Hércules. De hecho, el capítulo cuarto se dedica exclusivamente a distinguir «los tres Hércules que ovo en el mundo», y en él se enumeran asimismo sus célebres doce trabajos. Se trata en efecto del primer señor de España, a quien remite en última instancia la extensa serie de los que gobernaron la Península, como el propio Alfonso. Especialmente destacada es su función en la fundación y población de ciudades a lo largo y ancho del país, como Cádiz, Sevilla o La Coruña. En vista de estas credenciales, Hércules no podía faltar en el ambicioso programa iconográfico planeado para el lujoso códice de la Estoria que hoy se ha conservado, fragmentario e incompleto (pues solo se ejecutaron seis de las alrededor de cien miniaturas proyectadas), en el volumen escurialense Y-I-2. En efecto, el folio 4 del códice alberga un retrato del héroe griego estrangulando a una pareja de leones («los dos en la selva Nemea», dice el texto). La desproporción entre el tamaño del hombre y de los animales, con que el miniaturista quiso ponderar la corpulencia y fuerza del primero, hace parecer a estos leones (en palabras de un historiador de arte actual) «simples gatitos».

Para saber más

Ana Domínguez Rodríguez, «Hércules en la miniatura de Alfonso X el Sabio», Anales de Historia del Arte, 1 (1989), 91-104.

Dragones en la Estoria de España



Uno de los relatos más fascinantes de toda la Estoria es la Leyenda del rey Rocas. La narración (para la que se desconoce fuente alguna, aunque se presume árabe) se reparte entre los capítulos 11, 12 y 13 de la obra. En ella se narran las peripecias del rey Rocas, que salió del Edén en busca de la sabiduría para acabar compartiendo cueva con un dragón en el lugar que tiempo después ocuparía Toledo (hay que advertir que no se trata del único dragón de la Estoria: dos más se mencionan durante la historia romana como abatidos por san Silvestre y san Donato respectivamente, y una «serpient irada que vinié por el aer sangrienta e como raviosa, e dava tan fieros sivlos […] e tan grandes fuegos echava por la boca» se aparece asimismo a los espantados castellanos la noche antes de la batalla de Hacinas, en tiempos del conde Fernán González). Por lo demás, el modo de incorporarse la Leyenda del rey Rocas a la trama general de la Estoria tiene ya, en efecto, algo de oriental, pues lo hace a modo de excurso (o de relato dentro del relato), al hilo de la mención de las dos torres que Pirus (yerno de Espán por su matrimonio con Liberia) encontró en el lugar que después sería Toledo, «ell una o es agora ell alcáçar, ell otra a San Román». Para explicar el surgimiento de estas torres, el texto recurre a un abrupto flashback en que cuenta lo siguiente:

Y estas [torres] fizieron dos hermanos, fijos d’un rey que avié nombre Rocas y era de tierra d’Oriente a la parte que llaman Edén, allí o dizen las estorias que es el paraíso o fue fecho Adam; e tan grand sabor ovo este Rey d’aprender los saberes que dexó todo so regno e cuanto avié e començó d’ir d’una tierra en otra, parando mientes a aquellas cosas por que podrié más saber. Assí que fallo en una tierra entre orient e cierço setaenta pilares: los treinta eran d’alatón e los cuaraenta de mármol, y yazién en tierra e avié escriptas letras en derredor en que yazién escriptos todos los saberes e las naturas de las cosas e cuémo s’avién d’obrar.

E Rocas, cuando los vio, catolos e trasladolos todos e fizo ende un libro que trayé consigo por o adevinava muchas cosas de las que avién de seer, e fazié tan grandes maravillas que los que lo veyén tenién que fazié miraglos e por end vinié toda la gent a él, de manera quel cuitavan tanto que fuxo ant’ellos e fues escondiendo d’una tierra en otra, fasta que llegó a Troya antes que fues destroída la primera vez e vio ý fazer grandes lavores e muy nobles e començos a reír. E preguntáronle las gentes por qué riyé. Él dixo que si sopiessen lo que les avié de venir que no avién por qué labrar. Ellos tomáronle estonce e leváronle ant’el rey Leomedón. El rey preguntol por qué dixiera aquellas palabras. Él dixo que dixiera verdat, que aquellas gentes passarién por espada e los edificios por fuego.

Cuand esto oyeron los troyanos quisiéronle matar, mas el rey non quiso, teniendo que lo dizié con locura e por end tolloge e metiol en fierros por veer si acordarié e dio omnes quel guardassen. Y él, temiéndosse de muerte, sopo fazer con ques adormeciessen los guardadores. Desí limó los fierros e fue su carrera e vino por aquel logar o fue depués poblada Roma y escrivió en un mármol cuatro letras de la una parte que dizién Roma. Y estas falló ý depués Rómulo cuando la pobló e plogol mucho porque acordavan con el so nombre e pusol nombre «Roma».

Cuémo Rocas estava en la cueva e de lo quel acaeció contar

Depués que Rocas esto ovo fecho, començó de venir a parte d’occident fasta que llegó a España e andúdola toda enderredor assí cuemo las montañas e los mares la cercan. E desque fue alli o agora es Toledo vio que aquel logar era más en medio d’España que otro ninguno e avié ý muy grand montaña. Y entendió por so saber que alli avié a aver una grand cibdat, mas que no la poblarié él. E falló ý una cueva en ques metió o yazié un dragón muy grand. E cuandol vio, temiéndosse d’él, rogol que nol fizies mal, ca todos eran criaturas de Dios. El dragón cojó tal amor con él que lo que caçava trayégelo allí e d’aquello guareció una grand sazón.

Depués acaeció que un omne onrado d’aquella tierra que avié nombre Tharcus e morava en las sierras d’Ávila corrié allí mont e falló un osso e vino empos él fasta que llegó a aquella cueva. Y ell osso metiosse dentro e Rocas, enquel vio venir, ovo miedo peró començol de falagar y rogol que nol fiziesse mal, bien cuemo fiziera al dragón. Y ell osso omillosse luego y echosle en el regaço. Él comencol a rascar en la cabeça. Entanto llegó aquel cavallero que corrié enpos ell osso y entró en la cueva. E cuando los vio amos assí estar fue muy maravillado e muy más aún de Rocas que non dell osso por quel vio con muy luenga barva e todo cubierto de cabellos fasta en tierra e tovo que era omne bravo e puso la saeta en ell arco e quisol tirar. Él rogol por Dios que nol matasse. Estonce Tharcus, cuandol oyó fablar, preguntol quién era o cóm andava. Él dixo que non gelo dirié fasta quel atreguasse a él y a aquel venado ques viniera meter en su comienda. Tharcus atregolos.

Desí començol Rocas a contar toda su fazienda e cuando oyó que rey era e noble omne, ovo grand duelo d’él e rogol que no estudiés allí en aquel periglo e que se fues con él e casallié con una fija, que no avié más, e depués de sus días quel dexarié todo lo só. Él otorgol que lo farié. Ellos estando assí fablando, llego el dragón e Tharcus cuandol vio ovo muy grand miedo d’él e quisos ir. Dixol Rocas que no lo fiziesse, que él guisarié cuémo nol vinies d’él daño. E fue estonce Rocas al dragón e començol de falagar y el dragón echol un medio buey delant que trayé, ca ell otro medio avié él comido. E dixo a Tharcus que si querié comer d’aquel buey. Tharcus dixo que no, ca más querié ir comer con su compaña. Pués diz: —Yo tal vida fago, pero téngolo por vicio, por amor de los saberes. Dixo estonce Tharcus: —Sal acá e vayamos, ca no es este logar pora ti. Estonce dixo Rocas al dragón: —Amigo —diz—, dexarte quiero, ca assaz he morado contigo. E salieron amos de la cueva e fue cada uno a su parte e jamás nunca ý vieron al dragón.

Cuémo se fue Rocas con Tarcus e de la grand seca que fue en España.

Fuesse Rocas con Tharco e casol con su fija e ovo depués en ella dos fijos. Ell uno ovo nombre Rocas, cuemo su padre, ell otro Silvio. Desí murió Tharcus e fincó cuanto él avié a Rocas. Mas peró que avié cuant avié mester, no pudo olvidar la cueva, viniendol emiente la compañía del dragón e fizo una torre sobr’aquella cueva e moró allí yacuanto.

Una enciclopedia histórica

La composición de la Estoria de España puso en marcha un proceso de recopilación, cotejo y armonización de textos, que, por su cantidad y calidad, supera todos los esfuerzos de reconstrucción del pasado hispánico previos al taller alfonsí.

Entre las muchas fuentes de la obra que han podido ser identificadas, sobresale la Historia de rebus Hispaniae (Historia de los hechos de España) del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, llamado «el Toledano» (c. 1170-1247), que constituye su fuente estructural básica. Le sigue de inmediato el Chronicon mundi de Lucas de Tuy, conocido como «el Tudense» († 1249), que sirvió para completar la obra del Toledano allí donde esta resultaba insuficiente. Sobre este cañamazo se fue bordando el texto de la Estoria por incorporación de materiales de muy distinto origen.

Para la historia romana, los historiadores alfonsíes se sirvieron tanto de autores clásicos (Floro, Veleyo Patérculo, Justino y Eutropio) como de textos tardoantiguos (sobre todo, la Historia adversus paganos de Paulo Orosio, pero también las crónicas de Paulo Diácono, Eusebio-Jerónimo, Jordanes o san Isidoro). Otros autores más modernos utilizados son Sigeberto de Gembloux, Hugucio de Pisa, Martín Polono o Vicente de Beauvais, cuyo célebre Speculum historiale permitió a Alfonso incorporar indirectamente otras obras importantes, como el De vita Caesarum de Suetonio. Por lo demás, entre las fuentes de la latinidad clásica destaca el uso de dos textos poéticos: la Farsalia de Lucano y las Heroidas de Ovidio. Para la historia medieval hispánica, aparte del Toledano y el Tudense, la Estoria incorporó entero el Poema de Fernán González y aprovechó la Historia Roderici o la de Ibn Alfaray sobre la Valencia del Cid. A ello hay que añadir algunos detalles puntuales incluidos desde el Liber regum o desde varios anales y cronicones, e incluso algunas noticias de tradición oral.

Pero, por lo que a las fuentes se refiere, la gran aportación de la Estoria de España fue la incorporación de extensos pasajes procedentes de los cantares de gesta, es decir, de las narraciones orales de tema épico «histórico» cantadas por los juglares. En efecto, a pesar de la negativa valoración que de ellos hace el texto en algún momento (pues contrapone «la verdat» de las historias latinas a la versión vulgar de los sucesos que difundían los cantares), varios de ellos son acogidos en la Estoria, a buen seguro por formar parte ya de la memoria colectiva del pasado, así como por el afán alfonsí de incluir la mayor cantidad de información posible. De hecho, el propio rey ya los consideraba útiles y recomendables para la educación caballeresca en la Segunda Partida, donde aconseja que se les canten a los caballeros durante la comida.

Como curioso ejemplo de la labor de rebusca que los colaboradores del rey tuvieron que emprender entre los fondos bibliográficos de la España de la época, se ha conservado la noticia documental del acuse de recibo regio al cabildo de la colegiata de Albelda y al monasterio de Santa María de Nájera de un ejemplar de la Farsalia de Lucano y otro de las Heroidas de Ovidio, para su uso paralelo en la Estoria de España y la General estoria. Este documento, datado a principios de 1270, nos sirve para fechar el arranque del llamado «taller historiográfico alfonsí».

En definitiva, una vez reunidas las fuentes, llegaba la hora de jerarquizarlas y armonizarlas. De la dificultad que debió de entrañar esta tarea para los miembros del taller da cuenta una cita espigada del propio texto en que, para dirimir la espinosa discusión en torno a qué ciudad debía ostentar la primacía eclesiástica de España (Toledo o Sevilla), se afirma:

Mas los escriptos son muchos e cuéntanlo de muchas guisas, porque la verdad de la estoria a las vezes es dubdosa. E por ende el que lee meta mientes cómo de las mejores escripturas tome lo que deve provar e leer.

Fotocopia medieval

Fragmento del f. 2v de la Historia de rebus Hispaniae de Rodrigo Jiménez de Rada, en cuyo margen izquierdo se aprecia la adición «Murcie et Gienni» (‘Murcia y Jaén’) en la titulación de Fernando III. Ms. 143 de la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla (Madrid).


El manuscrito 143 de la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla de Madrid conserva un testimonio de la Historia de rebus Hispaniae (Historia de los hechos de España) del arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada especialmente interesante. En efecto, se trata de una copia directa del códice original de la obra, original que se guardó hasta el siglo XVI en el monasterio soriano de Santa María de Huerta (donde el Toledano había sido enterrado) y que hoy se ha perdido. Sabemos que en los márgenes de algunos folios de este códice perdido el propio Jiménez de Rada incorporó algunas actualizaciones al texto de su propia mano. En efecto, el manuscrito 143 conserva la estructura de borrador del original de don Rodrigo (texto + correcciones marginales), a modo de «fotocopia medieval». Por ejemplo, en la imagen podemos observar un fragmento del f. 2v del manuscrito, donde, en efecto, figura añadida al margen por la misma letra que copió el texto la adición actualizadora «Murcie et Gienni» (‘Murcia y Jaén’) a la serie de reinos ya bajo el dominio de Fernando III, que en el perdido códice de Huerta habría sido añadida por el propio don Rodrigo. Dado que la primera redacción de la obra fue concluida en la primavera de 1243, estas actulizaciones debieron de incorporarse entre 1246 (fecha de la conquista de Jaén) y el 10 de junio de 1247 (muerte del Toledano). Además, el hecho de que el testimonio de la Historia de rebus Hispaniae transmitido por el manuscrito 143 sea el más próximo al utilizado por Alfonso en la Estoria de España (a tenor de algunas particularidades textuales que comparten) hace pensar que fue este códice precisamente el que utilizaron los colaboradores del rey para la redacción de la Estoria, e incluso, en opinión del historiador Diego Catalán, que hubiese sido probablemente copiado precisamente para ser utilizado en el taller historiográfico alfonsí.

La voz recobrada

Una de las más impagables deudas que la cultura hispánica (y en particular la historia de la literatura medieval) mantiene con la Estoria de España es la de habernos salvado del olvido varios cantares de gesta a través de sus refundiciones en prosa, cuyo contenido, de otro modo, se habría perdido para siempre, pues de casi ninguno de ellos se conservan testimonios épicos independientes (fuera de las escenas aisladas que transmite el Romancero). En efecto, la Estoria de España incorpora detalles o narraciones por extenso de sucesos relativos tanto a temas de la épica francesa (Mainete, Bernardo del Carpio y Roncesvalles) como a otros propiamente hispánicos (Los infantes de Salas, La muerte del infante García, Las particiones del rey don Fernando y Mio Cid). A modo de ejemplo, ofrecemos aquí una escena de la prosificación alfonsí del Poema de los infantes de Lara: la célebre afrenta del cohombro hechido de sangre con que doña Lambra trata de vengarse de Gonzalo González, el menor de los infantes, y que acabará por desencadenar definitivamente la tragedia.

Doña Lambla e su compaña salliéronse ende e fuéronse pora Barvadiello. E los infantes, por fazer plazer a su cuñada, fueron Arlançón arriba caçando con sus açores. E pués que ovieron muchas aves presas, tornáronse pora doña Lambla e diérongelas. Desí entraron en una huerta que ý avié por folgar e solazarse ý demientra que guisava la yantar. Gonçalo Gonçales desnuyose estonçes de los paños e parose en camisa e tomó su açor e fuel bañar. Cuando doña Lambla le vio assí estar, pesol mucho de coraçón e dixo contra sus dueñas: —Amigas, ¿non veedes cómo anda Gonçalo Gonçales en paños de lino? Bien cuedo que non lo faze por ál si non que nos enamoremos d’él. Çertas, mucho me pesa si él así escapar de mí que yo non aya derecho d’él. Assí como esto dixo mandó llamar un su omne e dixol: —Toma un cogombro e fínchel de sangre e vete pora la huerta o están los infantes e da con él en los pechos a Gonçalo Gonçales, aquel que vees que tiene el açor en la mano; e desí vente pora mí cuanto pudieres e non ayas miedo, ca yo te ampararé e assí tomaré vengança de la puñada e de la muerte de mio primo Alvar Sanches, ca esta joglería a muchos empezçrá.

El omne fizo estonçes assí comol mandó doña Lambla. Los infantes, cuando vieron venir aquel omne contra sí, cuedaron que les embiava su cuñada alguna cosa de comer porque se tardava la yantar, ca bien tenién ellos que estavan bien con ella e ella que los amava sin ninguna arte, mas eran ellos en esto engañados. E assí como llegó aquel omne, alançó aquel cogombro e dio con él a Gonçalo Gonçales en los pechos e untol todo de sangre e fuxo. Los hermanos, cuando esto vieron, començaron de reír, mas non de coraçón e díxoles assí Gonçalo Gonçales: —Hermanos, fazédeslo muy mal que d’esto vos reídes, ca assí me pudiera ferir con ál e matarme como con esto. E más vos digo que si a alguno de vos contesçiesse esto que a mí ha contesçido yo non querría vevir un día más fasta que lo yo vengasse. E pues que vos metedes en tal juego como este e en tal desonra, mande Dios que vos repintades aún ende.

E dixo estonçes Diego Gonçales: —Hermanos, mester es que prendamos consejo en tal cosa como esta e que non finquemos assí escarnesçidos, ca mucho serié nuestra desonra grant. E tomemos por ende agora nuestras espadas so nuestros mantos e vayamos contra aquel omne, e si viéremos que nos atiende e non á miedo de nós, entendremos que fue fecho por juego. Mas si fuxere contra doña Lambra e ella le acogiere, assí sabremos que por consejo d’ella fue, e si assí fuere non escape a vida maguer que ellal quiera amparar. Pués que esto ovo dicho Diego Gonçales, tomaron todos sus espadas e fuéronse pora’l palaçio. El omne, cuando los vio venir, fuxo pora doña Lambla e ella metiol so el manto. Esse ora le dixeron los infantes: —Cuñada, non vos embarguedes d’esse omne de nos lo querer amparar. E ella díxoles: —¿Cómo? Era mio vassallo e si vos alguna cosa fizo que non deviese, emendar vos lo ha. E demientra que él fuere en mio poder conséjovos que nol fagades mal ninguno.

Ellos fueron pora ella e tomáronle por fuerça el omne que tenié so el manto e matárongele ý luego delante, assí que nol pudo ella defender nin aun otro ninguno por ella. E de las feridas que davan en él, cayó de la sangre por las tocas e los paños d’ella, de guisa que toda fue ensangrentada. Pués que esto ovieron fecho, cavalgaron en sus cavallos e dixeron a su madre doña Sancha que cavalgasse otrossí e fuéronse pora Salas. Pués que ellos fueron idos, fizo doña Lambla poner un escaño en medio del corral, cubierto como pora muerto, e lloró e fizo grant llanto sobr’él con todas sus dueñas tres días, que por maravilla fue, e rompió todos sus paños, llamándosse bibda que non avié marido.

En un lugar de la Estoria



Paradójicamente, la Estoria es también, a su manera, «una geografía». De este aspecto «espacial» de la obra dan testimonio desde las indicaciones geográficas que describen Europa y España al comienzo del texto hasta los centenares de topónimos que en él tienen acogida. En este mismo sentido es preciso entender la gran cantidad de noticias o leyendas de fundación, población o nombramiento de ciudades que, a pesar de acumularse al comienzo del texto, recorren toda la Estoria: por ejemplo, ya en época de Alfonso III, al referirse la población de Zamora por parte del Rey Magno, se toma del Toledano el relato del montero que azuzó a una vaca negra en presencia del monarca con la expresión, «Ça, mora», en referencia al color del animal, lo que animó al monarca a designar así la ciudad.

En la propia concepción de la Estoria (como relato concentrado en un espacio concreto: España) late con fuerza la idea de Centro. En efecto, España es en ella de algún modo el centro del mundo, un imán de noticias universales y dispersas que la conciernen más o menos tangencialmente (por ejemplo, en el momento crucial del nacimiento de Cristo hay un recuerdo para esa nube providencial sobre el cielo peninsular; Alfonso el Sabio y su mundo#Sangre azul#La nube sobre España). Desde esta perspectiva, puede afirmarse que la Estoria de España concede más peso al espacio que al tiempo, al contrario que la General estoria, estructurada en función de las seis edades del mundo. Este aspecto del modelo historiográfico alfonsí era especialmente novedoso, pues, como señaló Diego Catalán, «[…] por primera vez en la historiografía cristiana, [Alfonso X] fundamenta la segregación de una historia nacional de la historia del orbe en la identidad transhistórica de una morada vital llamada España».

Buen ejemplo de la relevancia que en el pensamiento historiográfico alfonsí (y más generalmente en su cosmovisión) posee esta dimensión espacial del devenir histórico son las palabras que Alfonso pone en boca de los sabios al servicio de Nerón, con ocasión del levantamiento de Hispania contra el emperador. En efecto, la ciudad de Córdoba había permanecido insumisa «por consejo de los sabios e de los filósofos» (Séneca y Lucano entre ellos). Cuando Nerón sofoca finalmente la sublevación, se plantea quemar a todos aquellos sabios cordobeses; es entonces cuando sus propios consejeros le disuaden de ello, pues «la natura de la tierra», propicia en este caso a la producción de sabios, hará que, muertos unos, nazcan otros:

Peró con todo aquesto, consejosse ante Nero con los sabios que trayé e con los príncipes e con los omnes buenos de su compaña. E ellos dixiéronle assí: —César, la natura del logar aquel la aprende mejor que faze en ell alguna morada. E nós, por cuanto aquí avemos fincado, aprendemos que por tú matar aquestos sabios otros avrá ý luego en Córdova, ca entendemos e sabemos que la natura de la tierra e ell assentamiento d’ella e ell aire e las viandas del logar e ell estrellamiento de suso lo da por fuerça e por ende no deves fazer tal cosa, ca más vernié ý daño que provecho.

Las ciudades del rey

Miniatura en la que se representa el monumento levantado por Hércules en el lugar donde, posteriormente, Julio César edificaría Sevilla. Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial, ms. Y-I-2, fol. 5.
No cabe duda de que Alfonso sintió especial afinidad con algunas ciudades hispanas en particular. Quizá las tres más significativas sean Toledo, Murcia y Sevilla. La primera, antigua capital del reino visigodo y «centro de España», lo vio nacer y en ella centralizaría muchas de sus iniciativas culturales (como el observatorio astronómico que funcionó de 1262 a 1272 para la elaboración de las Tablas alfonsíes; Totus Orbis: el afán por comprenderlo todo#Cosmología alfonsí: el mundo como teofanía). La segunda alimentó sus ansias juveniles de conquista (fue obtenida por él en 1243) y de sabiduría (allí encontró las enseñanzas del maestro al-Riqutí; Totus Orbis: el afán por comprenderlo todo#La Babel alfonsí); en la catedral de Murcia descansan hoy sus entrañas y su corazón (Alfonso el Sabio y su mundo#Últimas voluntades#Murcia en el corazón). Pero tal vez la ciudad que cautivó más profundamente al rey desde que fue conquistada por su padre en 1248 fue Sevilla, la antigua capital del imperio almohade, en cuya catedral descansan hoy sus restos. En ella construyó las atarazanas que servirían de base para la flota con que planeaba acometer la Cruzada africana; y en ella fundó en 1254 un enigmático estudio general de latín y arábigo donde maestros musulmanes y cristianos compartieron docencia. Es muy probable que Alfonso soñara para Sevilla el destino de capital imperial bajo su propio cetro. Así parece sugerirlo el relato de su fundación que se recoge en la Estoria, en vista del protagonismo que en él adquiere Julio César. Una de las escasas miniaturas que llegaron a ser ejecutadas en el códice E1 del scriptorium regio representa el monumento que Hércules hizo levantar en el lugar donde tiempo después habría de ser edificada la ciudad por parte del emperador romano.

Elogio de España

Con ocasión de la ocupación musulmana y la consecuente «pérdida de España» a causa del abuso del rey Rodrigo y de la traición del conde don Julián, Alfonso incorpora en su Estoria una emocionante alabanza de su tierra madre. Siguiendo de cerca al Toledano (acogido a su vez a la tradición del laus Hispaniae que remontaba a san Isidoro), el texto alfonsí supera a su fuente a la hora de enumerar la cantidad y calidad de las bondades hispanas, cuya serie desemboca aquí en una íntima y sentida invocación: «¡Ay, España, non ha lengua nin engeño que pueda contar tu bien!».

Del loor de España: cómo es complida de todos bienes

E cadauna tierra de las del mundo e a cada provincia onró Dios en señas guisas e dio su don. E mas entre todas las tierras que Éll onró más, España la de occidente fue, ca a esta abastó Él de todas aquellas cosas que omne suel cobdiciar. Ca desde que los godos andidieron por las tierras de la una part e de la otra, provándolas por guerras e por batallas e conquiriendo muchos logares en las provincias de Asia e de Europa, assí como dixiemos, provando muchas moradas en cada logar e catando bien e escogiendo entre todas las tierras el más provechoso logar, fallaron que España era el mejor de todos e muchol preciaron más que a ninguno de los otros; e ca entre todas las tierras del mundo España ha una estremança de abondamiento e de bondad más que otra tierra ninguna. Demás es cerrada toda en derredor dell cabo de los montes Pireneos, que llegan fasta la mar; de la otra parte del mar occeano; de la otra el mar Tirreno. E demás es en esta España la Galia gótica, que es la provincia de Narbona dessouno con las cibdades Rodes, Albia e Beders, que en el tiempo de los godos pertenescién a esta misma provincia. E otrossí en África avié una provincia señora de diez cibdades que fue llamada Tingintana, que era so el señorío de los godos, assí como todas estas otras.

E pues esta España que dezimos tal es como el paraíso de Dios, ca riégase con cinco ríos cabdales que son Ebro, Duero, Tajo, Guadalquevil, Guadiana. E cada uno d’ellos tiene entre sí e ell otro grandes montañas e tierras, e los valles e los llanos son grandes e anchos, e por la bondad de la tierra e ell humor de los ríos lievan muchos fructos e son abondados. E España la mayor parte della se riega de arroyos e de fuentes e nuncal minguan poços cada logar o los ha mester. E España es abondada de miesses, deleitosa de fructas, viciosa de pescados, sabrosa de leche e de todas las cosas que se d’ella fazen, llena de venados e de caça, cubierta de ganados, loçana de cavallos, provechosa de mulos, segura e bastida de castiellos, alegre por buenos vinos, folgada de abondamiento de pan, rica de metales, de plomo, de estaño, de argent vivo, de fierro, de arambre, de plata, de oro, de piedras preciosas, de toda manera de piedra mármol, de sales de mar e de salinas de tierra, e de sal en peñas e d’otras veneras muchas: azul, almagra, greda, alumbre, e otros muchos de cuantos se fallan en otra tierra; briosa de sirgo e de cuanto se faze d’él, dulce de miel e de açúcar, alumbrada de cera, complida de olio, alegre de açafrán.

E España sobre todas es engeñosa, atrevuda e mucho esforçada en lid, ligera en afán, leal al señor, afincada en estudio, palaciana en palabra, complida de todo bien. Non a tierra en el mundo que la semeje en abondança nin se eguale ninguna a ella en fortalezas, e pocas ha en el mundo tan grandes como ella. E España sobre todas es adelantada en grandez e más que todas preciada por lealdad. ¡Ay, España, non ha lengua nin engeño que pueda contar tu bien! E sin los ríos cabdales que dixiemos de suso, muchos otros hay que en su cabo entran en la mar, non perdiendo el nombre, que son otrossí ríos cabdales, assí como es Miño, que nasce e corre por Gallizia e entra en la mar; e d’este río lieva nombre aquella provincia Miñea; e muchos otros ríos que ha en Gallizia e en Asturias e en Portogal e en ell Andaluzía e en Aragón e en Cataloña e en las otras partidas de España, que entran en su cabo en la mar. E otrossí Alvarrezén e Segura, que es en la provincia de Toledo, entran en el mar Tirreno; e Mondego en Portogal, que non son nombrados aquí.

E pues este regno tan noble, tan rico, tan poderoso, tan onrado fue derramado e astragado en una arremessa por desabenencia de los de la tierra, que tornaron sus espadas en sí mismos unos contra otros, assí como si les minguassen enemigos e perdieron ý todos. Ca todas las cibdades de España fueron presas de los moros e crebantadas e destroídas de mano de sus enemigos.

Sangre goda

Las páginas de la Estoria dejan traslucir también una serie de posturas de carácter ideológico que encajan con lo que sabemos por otras vías en torno al pensamiento político del Rey Sabio.

Por un lado, la centralidad de la figura del monarca propia de la cosmovisión política alfonsí se percibe en la Estoria a través de la propia estructura de la obra. En efecto, la distribución de los contenidos está en ella sujeta a la noción de «señorío», de modo que el relato de todo lo ocurrido en la Península se ordena, en primer lugar, en torno a la sucesión de pueblos que la enseñorearon (por este orden: griegos, «almujuces», africanos, romanos, bárbaros y godos); en segundo lugar, y ya dentro de cada uno de los señoríos, los hechos se distribuyen conforme a una férrea sucesión cronológica anual, a la que se añade un enorme esfuerzo de sincronización del año en cuestión con los respectivos de los demas señoríos peninsulares (incluido al-Ándalus) más los de las tres líneas de príncipes más importantes de la Cristiandad: papas, emperadores y reyes de Francia.

Otro rasgo ideológico peculiar de la Estoria es la superioridad que en ella presenta el reino de Castilla y León con respecto a los demás reinos peninsulares. Si bien esta preponderancia castellano-leonesa está ya presente en la fuente principal del texto (la Historia de Jiménez de Rada), encaja a la perfección con la visión alfonsí de un Imperium Hispanicum reunido en torno a su propio reino. Esta concepción tiene su correlato estructural en el hecho de que los sucesos particulares que conciernen a los reinos periféricos no se incorporan al relato general, sino que sus vicisitudes se exponen agrupadas («unadas») en un relato exento en el momento en el que entran en la historia central.

Un último aspecto importante del planteamiento ideológico de la Estoria es el llamado «neogoticismo». Se entiende por tal la voluntad de entroncar la secuencia de monarcas asturleoneses (de la que el propio Alfonso X es heredero directo) con el linaje de los reyes godos, sin que la ocupación musulmana hubiera disuelto tal continuidad. Heredada del Toledano y el Tudense, esta concepción descansa sobre el hecho de que Pelayo descendía de la monarquía goda, y por tanto nunca se rompió la línea dinástica, o al menos étnica. Asimismo, los continuos elogios de que disfruta el pueblo godo a lo largo de la Estoria son testimonio de esto mismo en el pensamiento de un rey cuyo gran proyecto político (no lo olvidemos) fue convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en virtud de su pertenencia a la casa de los Staufen por herencia materna (Alfonso el Sabio y su mundo#El sueño del Imperio).

Codico[ideo]logía

Folio 2 recto del ms. E2, en que se aprecia la solución de continuidad entre los reyes godos y asturleoneses.


La continuidad que la visión histórica de Alfonso establecía entre los reyes godos y los reyes asturleones no fue compartida por la historiografía postalfonsí. Ya la inmediata refundición de época de su hijo Sancho IV concedía a «los naturales de la tierra» (a los hispanos indígenas, habitantes de la Península desde orígenes) cierta preponderancia sobre los hispanogodos. Pocas décadas después, cuando la Estoria de España es retomada por Alfonso XI a mediados del siglo XIV, la conexión goda se rompe definitivamente. Esta solución de continuidad tiene su correlato codicológico en la actual estructura del manuscrito escurialense X-I-4 (conocido como E2). El historiador del tiempos de Alfonso XI se encontró con un códice alfonsí (cuyo contenido terminaba en el rey asturleonés Alfonso II) continuado en tiempos de Sancho IV. Para marcar el corte entre los reyes godos y los astures, decidió dividir la obra en dos volúmenes y hacer coincidir el comienzo del segundo con el reinado de Pelayo. Para ello, desgajó los dos últimos cuadernos del manuscrito alfonsí para que encabezaran el segundo volumen; borró varias líneas del capítulo previo al reinado de Pelayo (como se observa en la parte superior de la columna izquierda del folio 2 recto, representado en la imagen) e incorporó una nota de llamada al códice original. Así, separada físicamente en dos volúmenes la historia pre- y postpelagiana de la Península, se intentaba hacer remontar al rey astur (y no a los reyes godos) el origen de la monarquía castellano-leonesa.

Memoria histórica



Algunos documentos emanados de la cancillería regia constituyen un tesoro de prosa alfonsí, por la calidad de sus contenidos y la viveza con la que se transmiten. Entre ellos figura el que reproducimos aquí, un privilegio otorgado por el rey en Palencia en la primavera de 1274 a la villa de Pampliega con ocasión de haber sido esta «expoliada» del cuerpo del rey Wamba, que seis siglos después de haber sido enterrado en el monasterio de San Vicente de aquella villa fue trasladado a Toledo por empeño del rey Alfonso, en cumplimiento una vez más de un deseo frustrado de su padre (las palabras con que Alfonso describe el momento del desenterramiento, ejecutado de noche por clérigos, nobles y villanos, son oro puro). Semejante iniciativa se inscribe en la serie de ellas con las que Alfonso pretendió ennoblecer la diginidad regia, la memoria de los reyes de España y más particularmente la estirpe goda, de todo lo cual la propia Estoria es también testimonio.

Porque es cosa que conviene mucho a los reyes de honrar a los omnes buenos e honrados, mayormente a los reyes, cuyos lugares ellos tienen; por ende, Nós, don Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castiella, de Toledo, de León, de Gallizia, de Sevilla, de Córdova, de Murcia, de Jahén e del Algarve, regnante en uno con la reína doña Violante mi muger, e con nuestros fijos el infante don Ferrando, primero heredero, e con don Sancho e don Pedro e don Johán e don Jaymes, sabiendo ciertamente que el noble rey Bamba, que fue del linaje de los godos e señor de las Españas e de otras tierras muchas que el ganó con la merced de Dios e con el su esfuerço e con la su bondat asosegó e puso en buen estado, assí que contienda ninguna non dexó en todas sus tierras, también en partimiento de los obispados como de los otros lugares que devían ser partidos e non lo eran, e sobre que oviera ya muchas contiendas, las que este rey sopo toller e adozir a assossegamiento e a paz; e demás de todo esto sopo traer de guisa su fazienda que por acabar bien su tiempo e salvar su ánima ante que muriese tomó religión de monjes negros en Sant Vicente de Pampliga que era de los honrados monesterios que avía en España en aquella sazón.

En el cual lugar, maguer la tierra se perdió después que la ganaron los moros, los otros reyes que fueron en España sopieron ó yazié, assí que entre todos ellos el noble rey e bienaventurado don Ferrando, mio padre, lo sopo más señaladamente por el arçobispo de Toledo don Rodrigo, que gelo fizo entender por el Istoria de España, e por los de la villa, quel mostraron el lugar do yazía enterrado ante la puerta de la iglesia; por que el rey don Ferrando, catando la su bondat e queriendo honrar a este rey sobredicho, non quiso salir por aquella puerta e mandó fazer otra en la iglesia por do saliese, e aún oviera voluntat de llevarle a otro lugar o estudiesse más honradamente, mas quisol Dios ante llevar a paraíso que él lo pudiera acabar.

Onde, Nós, el sobredicho rey don Alfonso, después que reinamos, fuemos al dicho lugar e sopimos todas estas cosas ciertamente, e comoquier que oviésemos sabor de provar si era así, por muchas priessas de grandes fechos que nos acaescieron non lo pudimos fazer; mas en el año de la era de mill e trezientos e doze años, cuando feziemos las cortes en Burgos sobre fecho de enviar cavalleros al imperio de Roma, saliemos de Burgos e acaescionos de passar por Pampliga, e queríamos provar si yazié enterrado en aquel lugar o nos dizién, e mandamos cavarlo de noche a clérigos e a omnes buenos de nuestra casa e otrosí de la villa, e quiso Dios que lo fallamos allí o nos dizién.

E porque vimos que en el lugar non avía monesterio de ninguna religión nin tanta clerezía por que él yoguiese ý honradamente, nin iglesia por que él pudiese ý aver su sepultura cual le convenié, tomámoslo ende e mandámoslo llevar a Toledo a enterrar, que en tienpo de los godos fue cabeça de España e do antiguamente los emperadores se coronavan; otrosí porque este fue uno de los señores que nunca ovo que más la honró e mayores fechos fizo d’ella. Peró, pues Nós de aquel lugar le sacamos do ante yazié, por todas estas razones que sobredichas son, tovimos por derecho de fazer bien a los d’este pueblo de Pampliga, por que así como ellos fueron honrados mientras este rrey yogó ý enterrado, que lo sean de aquí adelante maguer ý non yaze […].

E por que esto sea firme e estable mandamos seellar este privilegio con nuestro seello de plomo. Fecho el privilegio en Palençia, viernes treze días andados del mes de abril, en era de mill e trezientos e doze años. Yo Johán Pérez, fijo de Millán Pérez, lo escriví, por mandado del rey [...].

Para saber más

Jeneze Riquer, «Iberia legendaria (6 y 7). La leyenda de Wamba labrador (V y VI)», Rinconete, 4 y 18 de agosto de 2010.

Moros y cristianos

Durante la Edad Media, la Península conoció el encuentro de dos grandes civilizaciones: la Cristiandad y el islam. Tras la conquista del 711, la cultura islámica y la lengua árabe se extendieron por casi todo el territorio. A lo largo de varios siglos, musulmanes y cristianos entraron en contacto unos con otros. Las relaciones no siempre fueron amistosas: con frecuencia tuvieron lugar conflictos violentos y sangrientas batallas entre los ejércitos cristianos y musulmanes. Sin embargo, también existieron periodos de cooperación y coexistencia pacífica. En cualquier caso, la concepción integradora de la historiografía alfonsí (la ambición de componer una historia de todos los «españoles») exigía la entrada de todo el caudal de noticias «hispanomusulmanas», pues

esta nuestra Estoria de las Españas General la llevamos Nós de todos los reyes d’ellas e de todos los sus fechos […], tan bien de moros como de cristianos, e aun de judíos si ý acaesciesse en qué.

La Estoria contiene muchos relatos acerca de los gobernantes musulmanes. Cuenta la vida del profeta Mahoma, el ascenso del islam y su llegada a España. Muchas historias hablan sobre la larga lucha entre los reyes cristianos y sus rivales musulmanes: enfrentamientos entre ejércitos poderosos, ciudades saqueadas y vastos territorios conquistados por ambas religiones. Pero los musulmanes no fueron simplemente enemigos acérrimos de la Cristiandad: la Estoria reconoce también sus muchos logros. Por ejemplo, el gran caudillo Almanzor fue admirado por los cristianos a causa de sus brillantes éxitos en el campo de batalla. La obra cuenta también la devoción y amistad mutua entre el rey musulmán Al-Mamún de Toledo y el monarca cristiano Alfonso VI (Pacto entre caballeros).

…y judíos

Miniatura de los Libros de ajedrez, dados e tablas (o Libro de los juegos), en la que aparecen tres copistas del scriptorium alfonsí trabajando: un laico, un clérigo y un judío. Ms. T-I-6, Biblioteca del Monasterio de El Escorial, fol. 1.


La actitud que la Estoria muestra con respecto al pueblo judío es heredera en general de los lugares comunes antisemitas propios de la mentalidad cristiana medieval. Su presencia es frecuente sobre todo durante la historia romana, hasta la destrucción del templo por Tito y Vespasiano y la consecuente disolución de su monarquía y de su territorio. Ocasionalmente, el texto se hace eco de las consabidas acusaciones a los judíos de avaros y de asesinos de Cristo (por ejemplo, a propósito de los «assirianos» se comenta «que son gentes no menos cobdiciosas que los judíos»). Además, se incorpora algún relato de judío profanador de la Cruz o de participación semita en contubernios anticristianos. En otro momento, para elogiar a Julián Pomerio, arzobispo de Toledo en tiempo de los godos y de ascendencia judía, se afirma que «salió de entre los judíos assí como sal la rosa de entre las espinas». Y ello entre otros ejemplos de censura a «la vil compaña de los judíos». No obstante, es bien conocido el papel que los judíos desempeñaron en el proyecto intelectual alfonsí. En efecto, su papel fue crucial a la hora de trasladar a la lengua romance la sabiduría procedente de los árabes. Una «instantánea» de esta labor colaborativa se conserva en el manuscrito que contiene los Libros de ajedrez, dados e tablas (Biblioteca de El Escorial, ms. T-I-6), en que observamos a tres copistas trabajando en el scriptorium regio: un laico, un clérigo y un judío, identificable por su indumentaria.

Pacto entre caballeros

La habitual hostilidad hacia el enemigo musulmán detectable a lo largo de la Estoria no impide que en ella se dé entrada en algún momento a detalles o relatos en que esta visión se presente bien matizada o bien incluso invertida. Es el caso de la historia de amistad y fidelidad entre Alfonso VI y el rey Al-Mamún de Toledo, cuando el primero tiene que buscar refugio en la taifa toledana huyendo de su hermano Sancho. El relato gira en torno a la jura de amor y honra mutuos, como manifestación del reconocimiento recíproco de nobleza y alta dignidad, todo ello en el marco de la cortesía caballeresca, que está por encima de las difrencias religiosas y que tiene su correlato islámico en el concepto de adab.

De cómo el rey don Alfonso se fue pora Almemón, rey de Toledo.

La infante doña Urraca, cuando oyó dezir que su hermano el rey don Alfonso era preso, ovo miedo quel matarié su hermano el rey don Sancho por tal de aver él el regno e fuesse ella cuanto más pudo pora Burgos e el conde don Per Assúrez con ella que la aguardava. E consejaron el conde e sus amigos a doña Urraca que sacasse de la prisión al rey don Alfonso, su hermano, a pleito que se metiesse monge en Sant Fagund. E fablaron en este pleito con el rey don Sancho. E el rey don Sancho otorgógelo e assí fue otrossí que con plazer del rey don Sancho ovo el rey don Alfonso a entrar monge, mas más por premia que non de grado. Después d’esto ovo don Alfonso su consejo con don Per Assúrez e el consejo fue aqueste: que se salió de noche de la mongía a furto e fuesse pora Toledo a Almemón, rey de los moros. El moro plogol mucho con don Alfonso e recibiol muy onradamientre e diol muchos de sus dones e cuanto ál ovo mester. E visco don Alfonso con esse rey Almemón fasta que el rey don Sancho fue muerto, assí como lo contaremos adelante más complidamientre […].

Almemón, rey de Toledo, pagosse tanto del rey don Alfonso quel amó como si fuesse su fijo e diol muy grandes averes e fizol mucha onrra. E don Alfonsso jurol e fizol pleito que siempre le onrasse yl guardasse mientre que con él fuesse. E cuenta la estoria que este pleito fizo don Alfonso al rey Almemón. E este mismo dize otrossí que fizo Almemón a don Alfonso. E assí se yuraron e se abinieron amos. E desí fizo luego a don Alfonso aquel rey Almemón grandes palacios e buenos acerca dell alcáçar fuera del muro, por quel non fiziesse ninguno de la çibdad pesar a él nin a ninguno de su compaña. E esto era acerca de una su huerta a que saliesse don Alfonso con sus cavalleros e su compaña a solazarse cuando quisiesse. El rey don Alfonso, veyendo el bien e la onrra d’aquel rey Almemón e de cómo era señor de grand cavallería de moros e de la más noble cibdad que en tiempo de los godos fue, començó a aver grand pesar en su coraçón e de cuedar cómo la podrié sacar de poder de moros si Dios le diesse tiempo en que lo pudiesse fazer. E con tod esto guerreava e lidiava con los reys moros que eran enemigos d’aquel Almemón, rey de Toledo. E era don Alfonso muy bien andant e fazié en ello como devié. E cuando eran pazes entre el rey Almemón e sus enemigos iva don Alfonso a correr mont por las montañas de Toledo e a caça por las riberas de las aguas. Agora diremos de las caças d’este rey don Alfonso.

El capítulo de la caça e de los signos que parescieron en este rey don Alfonso

En aquel tiempo avié en la ribera de Tajuña mucha caça de ossos e de puercos e de otros venados. Et don Alfonso andando a caça Tajuña arriba, falló un lugar que ha nombre Briuega de que se pagó mucho. E porque era lugar a abte e vicioso e de mucha caça, e avié ý un castiello bueno, tornosse pora Toledo e demandó al rey Almemón aquel lugar e el rey diogele. E él puso allí sus monteros e sus caçadores cristianos e fincó el lugar por suyo. E el liñage d’aquellos que éll ý puso e pobló fincó ý fasta don Juhán el tercero arçobispo de Toledo, que ensanchó el logar a los pobladores e pobló el barrio de Sant Pedro. Después d’esto, un día fuesse el rey Almemón pora su huerta con grand compaña de moros pora aver ý su solaz. E cató d’allí a la çibdad de Toledo e tovol ojo e asmó por cuál guisa podrién ganar tal çibdad como aquella. E cuando el rey fue a aquella huerta don Alfonso fuesse con él como le querié el rey grand bien e echosse allá so un árvol con sabor que ovo dend e yaziesse ý como que se durmiesse.

E el rey Almemón aviendo assaz andado por la huerta cuedando en esto, tanto que andando veno a aquel árvol o don Alfonso yazié. E cuedando que se durmié non le quiso mandar despertar. E non se guardando d’éll, assentosse ý a la sombra con los moros. E aviendo su consejo con ellos, demandávales que si podrié seer presa por fuerça esta çibdad tan fuerte. E respondiol uno d’ellos d’esta guisa e dixo: —Si a esta çibdat fuesse tollido el pan e el vino e las frutas siete años uno empos otro, estando ella todavía cercada, all ochavo año bien se podrié prender por mingua de vianda. E el rey don Alfonso allí do se yazié so aquell árvol, que cuedava el rey Almemón que durmié esse rey don Alfonso, e el rey don Alfonso que lo non fazié e que yazié espierto, retovo en su coraçón muy bien tod esto que el rey Almemón e sus moros ovieran de la prision de la çibdad de Toledo.

Después d’esto acaesció assí. Que un día por una pascua de los moros que es cuando ellos matan el carnero segund la su ley de Mahómat, que non es nada, salió el rey Almemón con grand compaña de sus moros pora ir degollar el carnero a aquel lugar do avién por costumbre de degollarle. E salió con ellos el rey don Alfonso con sus cristianos por onrar al rey Almemón. E el rey don Alfonso e el rey Almemón ivan amos a par. E assí como cuentan las estorias todas que d’esta razón fablan, este rey don Alfonso era cavallero muy fermoso, tanto que lo tenién los omnes por mucho. E con tod esto de muy buenas costumbres e pagávanse mucho d’él las moras. E yndo él con el rey Almemón, dos moros que vinién con ellos en sus espaldas fablaron d’este rey don Alfonso e dixieron ell uno all otro: —¡Qué fermoso cavallero es este cristiano e qué de buenas mañas! Meresçrié seer señor de grant tierra e de todo bien. Respondiol a aquello ell otro moro e dixol: —Yo soñava esta noche que este Alfonso que entrava por Toledo cavallero en un puerco. Dixol essa ora ell otro moro como solviendol este sueño: —Sin falla te digo: este ha de ser señor de Toledo. E ellos fablando en esto, alçáronse estonces al rey don Alfonso todos los cabellos de la cabeça enfiestos arriba.

Aquí dize don Lucas de Tuy que como ivan amos en uno el rey don Alfonso e el rey Almemón a par, el rey Almemón con bien querencia asmando que se le alçavan por descomponérsele como se descomponen a las vezes a omne e se le buelven, llevó la mano e púsogela en la cabeça pora apremérgelos e allanárgelos pora pararle más apuesto. Mas diz que los cabellos cuanto más los apremié Almemón tanto más se ellos alçavan arriba. E pués que el carnero fue degollado tornáronse a la villa e el rey Almemón oyera muy bien todo cuanto dixiemos que fablaran aquellos dos moros del rey don Alfonso e assí como fue a su palacio non se le olvidó. E mandó llamar a aquellos dos moros e assí como vinieron apartosse con ellos e demandoles quel dixiessen qué era aquello quel dizién del rey don Alfonso cuando ivan degollar el carnero. E ellos contágelo todo quel non mudaron ý ninguna palabra.

El rey Almemón otrossí cuando esto oyó, mandó venir todos sus sabios ante sí e contoles todo aquello que aquellos dos moros le dixieran assí como gelo ellos contaran, lo del sueño e lo de alçarse los cabellos al rey don Alfonso a arriba. Los moros sabios cuando esto oyeron entendieron segund las señales d’aquellos avenimientos que este don Alfonso avié a seer señor de Toledo e consejáronle quel matasse. Estonces el rey Almemón dixo que en la su fe e en la su lealtat vivié éll allí e que lo non farié. Mas que se servirié d’éll en guisa quel non viniesse ende daño. E demás quel non querié crebantar la yura que avié fecha. Lo uno por quel amava muy de coraçón; lo ál por quel avié fecho muy grand servicio en batallas que fiziera contra sus enemigos e los venciera yl defendié el regno. E envió por el rey don Alfonso e demandol quel fiziesse seguro de sí. E quel yurasse que mientre que él visquiesse que nin fuesse contra él nin contra sus fijos nin les viniesse mal ninguno por él. El rey don Alfonso, con la sana lealtat que tenié en coraçón, yurógelo. E prometiol demás que irié con él contra todos los omnes del mundo que contra él fuessen. E d’aquella ora adelante fue el rey don Alfonso más su privado del rey Almemón e más su amigo […].

Historia y sabiduría

La labor historiográfica emprendida por el rey también se encuadra dentro del marco intelectual de mayor envergadura que es la búsqueda alfonsí de la sabiduría, hasta el punto de que tampoco nuestra obra cabe comprenderla fuera de ese horizonte más amplio. En este sentido, nótese que el primer recuerdo de Alfonso en los respectivos prólogos a sus dos estorias es para el saber y los sabios: «Natural cosa es de cobdiciar los omnes saber los fechos que acaecen en todos los tiempos […]» (General estoria); «Los sabios antigos que fueron en los tiempos primeros e fallaron los saberes e las otras cosas […]» (Estoria de España). Es imposible que esta dimensión sapiencial no esté contemplada en la concepción y redacción de la obra; más aún, que no sea incluso su causa final, frente a otros aspectos de orden ideológico o político, tal vez más accidentales. Por lo demás, es sabido que el «componente gnóstico» de la literatura medieval desborda el marco genérico de la llamada «literatura sapiencial», y a su vez, es bien conocida la función doctrinal, didáctica, del «fazer remembrança» de los hechos del pasado, en la medida en que la Historia, magistra vitae (‘maestra de la vida’), conforma un espléndido ejemplario moral de vicios y virtudes.

De modo que la afirmación (debida a Francisco Rico) de que «la meditación sobre el saber, los saberes y los sabios ocurre por doquier en la General estoria» es asimismo aplicable a la Estoria de España. Ya los versos latinos con que se abre la obra insisten marcadamente en el aspecto sapiencial (véase Totus Orbis: el afán por comprenderlo todo#La sabiduría del Rey Sabio), mientras que todo el prólogo de la obra es un puro elogio de la gnosis. Desde ahí, con frecuencia en la Estoria se encuentran pasajes que ensalzan el saber y a los sabios, o bien ofrecen noticias o relatos protagonizados por ellos. Sirva como botón de muestra la emocionante afirmación del rey Rocas (que había abandonado el Edén en busca de la sabiduría) ante el perplejo Tarcus cuando este confiesa preferir irse a comer con su gente antes que aceptar la invitación de Rocas a compartir el medio buey que acaba de traerle su amigo el dragón a la cueva; dice Rocas, como excusándose: «Yo tal vida fago, pero téngolo por vicio, por amor de los saberes» (véase Dragones en la Estoria de España).

Microcosmos y macroánthropos

Mapamundi de Opicinus de Canistris.
La cosmovisión medieval, plenamente compartida por el pensamiento alfonsí, presupone la equivalencia analógica entre los distintos niveles de la realidad. Lo inmenso y lo minúsculo, lo interior y lo exterior, lo profundo y lo superficial se corresponden, se asemejan, se identifican incluso, en su condición de signos inteligibles del Orden divino. Por ejemplo, el Corazón, el Rey o el Sol remiten, cada uno en su plano, a una misma noción: la de Centro. Rastros de esta doctrina de la Gran Cadena del Ser se encuentran con frecuencia en toda la obra alfonsí. Por lo que atañe a la Historia (entendida como interpretación del pasado, como Historiografía), su cultivo trata de revelar esos significados en la dimensión temporal, en la sucesión providencial de acontecimientos humanos, pues, según un pasaje de la General estoria, «poeta quiere dezir tanto como fallador de nuevo de razón e enfeñidor d’ella e assacador, por mostrar razones de solaz por sus palabras en este fecho, e aun razones e palabras de verdat». Desde una perspectiva más espacial, la mentalidad simbólica medieval afirma que el hombre es un microcosmos, un mundo en pequeño; y a la inversa: que el mundo puede concebirse como un macroánthropos, como un hombre a lo grande. Una expresión bien singular de esta última idea la constituye la cartografía visionaria del místico italiano Opicinus de Canistris (1296-c. 1353), quien diseñó una asombrosa serie de mapas en los que confería forma humana a la geografía de Occidente.

Cuento de Segundo el Mudo

Un aspecto secundario pero también relevante de la Estoria es el de haber servido como marco de narraciones sapienciales. En efecto, al hilo del interés que el texto muestra por la naturaleza y el alcance de la sabiduría, en él se reúne un nutrido conjunto de cuentos de valor doctrinal, a veces incluso protagonizados por sabios. El ejemplo que incluimos aquí se corresponde con el llamado Capítulo de Segundo filósofo, conocido en Occidente gracias a la traducción que del texto griego a la lengua latina llevó a cabo Willelmus, monje de Saint Denis, en el siglo XII (Vita Secundi Philosophi). Por lo demás, de este aspecto didáctico del relato histórico parecen haber sido muy conscientes los estoriadores alfonsíes cuando, al ir a narrar las gestas de Julio César y Pompeyo, justifican el desvío de su tema principal que ello supone en el hecho de que «vienen ý razones en que puede aprender quien quisiere exiemplos de castigos».

E en tienpo d’este emperador [Adriano] fue Segundo, un muy grant filósofo que fizo muchos buenos libros e nunca quiso fablar en toda su vida. E oíd por cuál razón.

Cuando era niño enviáronlo a escuelas a leer e duró allá mucho tiempo fasta que fue muy grant maestro. E oyó allá dezir que non avié en el mundo mugier casta. E desque fue acabado en todo el saber de la filosofía tornose a su tierra a manera de pelegrino con su esclavina e con su esportiella e con su blago. E los cabellos de la cabesça muy luengos e la barva muy luenga. E posó en su casa misma e nol conosçió su madre nin ninguno que ý fuesse. E quiso él provar lo que dixieran en las escuelas de las mugieres e llamó a una de las sirvientes de casa e prometiol quel darié diez libras si guisasse cómo yoguiesse su madre con él. E la sirvienta tanto fizo que lo otorgó la madre e mandol que gelo llevasse a la noche. E la mançeba fízolo assí. E la dueña, cuidando que era otro que querié yazer con ella, metiol él la cabesça entre las tetas e durmiosse çerca d’ella toda la noche bien como çerca su madre. E cuando vino la mañana levantosse por ir su vía e ella travó d’él e dixol: —¡Cómo!, ¿por me provar me fezistes aquesto? E él dixo: —Non, madre señora, mas non es derecho que yo ensuzie el vaso onde salí. E ella preguntol quién era e él respondiol: —Yo so Segundo, el tu fijo. E ella que lo oyó començó a pensar e no pudo sofrir el su grant cofondimiento e cayó en tierra muerta. E Segundo, cuando lo vio que por la su palabra muriera su madre, diose a pena él por sí mismo e puso en su coraçón de nunca jamás fablar en toda su vida.

E fuesse pora Atenas a las escuelas e biviendo assí e faziendo buenos libros. E nunca fablando, fue el emperador Adriano a Atenas e sopo de su fazienda e embió por él e fízolo venir ante sí e saludolo ell emperador; e Segundo calló e nol quiso fablar ninguna cosa. E Adriano dixol: —Fabla, filósofo, e aprendremos algo de ti. Mas porque Segundo non quiso fablar mandó llamar uno de sus guardas que avié nombre Tirpón e dixol: —Aqueste, que no quiere fablar all emperador, no queremos que viva; liévalo contigo e dal muchas penas fasta que muera. E en diziendo esto llamó aparte a la guarda e dixol: —Vel consejando por el camino que fable e no quiera morir. E si vieres que te cree e te respondiere, descabéçalo luego. E si te no quisiere fablar por miedo de muerte, tórnalo a mí. E llevolo entonce la guarda al logar o tormentavan los omnes e dixol: —Segundo, ¿por qué morrás por callar e no quieres fablar e vevir? E el filósofo no tovo en nada su consejo e despreciando la vida esperava callando la muerte. E desque llegaron al logar o avién de ir, dixol la guarda: —Tiende la cerviz. E él tendiola e no quiso fablar.

E cuando la guarda vio aquello tomolo por la mano e llevolo all emperador e dixol que fasta la muerte siempre callara Segundo. Entonce Adriano maravillose mucho de cuémo se podié el filósofo tener de fablar tan porfiosamientre e por ende dixol: —Porque esta ley de no fablar que te tú mismo as puesta non puede seer quebrantada, toma esta tabla e escrive en ella, e si ál no, fablarás con la mano. Tomó entonce Segundo la tabla e escrivió d’esta guisa: —Adriano, non te temo yo nada, porque me semejas princep d’aqueste tiempo. Matar bien me puedes, mas de oír la mi palabra no as poder en ninguna guisa. E tomó Adriano la tabla e leyó esto e dixol: —Asaz te as bien escusado, mas quiero te fazer unas demandas por tal que me respondas a ellas. E la primera es que me digas qué cosa es el mundo. El filósofo escrivió: —El mundo es cerco que nunca queda, cobertura fermosa de catar, formamiento que ha en sí muchas formas. —¿Qué es el grand mar? —dixo Adriano. Escrivió el filósofo: —Cerco del mundo, término coronado, posada de los ríos, fuente de las lluvias. —¿Que es Dios? —dixo ell emperador. E Segundo escrivió: —Voluntad que nunca ha de morir, alteza que no puede seer despreciada, forma que ha en sí muchas formas, demanda que no puede seer asmada, ojo que nunca duerme, poder que tiene en sí todas las cosas, luz que non ha fin. —¿Qué es el sol? —Ojo del cielo, cerco de la calentura, claridat que nunca decae, onra del día, departidor de las horas. —¿Qué es la luna? —Pórpola del cielo, envidiosa del sol, enemiga de los malfechores, conorte de los que andan camino, enderesçamiento de los que andan sobre mar, señal de las fiestas, demostramiento de las tempestades. —¿Qué es la tierra? —Fundamiento del cielo, yema del mundo, guarda e madre de los fruitos, cobertura dell infierno, madre de los que nascen, ama de los que viven, destruimiento de todas las cosas, cillero de vida. —¿Qué es ell omne? —Voluntat encarnada, fantasma del tiempo, assechador de la vida, collaço de la muerte, andador de camino, huésped de logar, alma lazrada, morador de mal tiempo. —¿Qué es la fremosura? —Flor seca, bienandança carnal, cobdicia de las gentes. —¿Qué es la mugier? —Cofondimiento dell omne, bestia que nunca se farta, cuidado que no ha fin, guerra que nunca queda, periglo dell omne que no ha en sí mesura. —¿Qué es amigo? Nombre muy desseado, omne que adur paresce, conorte de la malandança, bienandança que nunca fallece. —¿Qué son riquezas? —Carga d’oro, sirvientes de cuidados, deleite sin alegría, envidia que nunca se farta, desseo que no puede seer complido, boca alta, cobdicia que no ha par. —¿Qué es pobreza? —Bien aborrecido, madre de salud, alongamiento de cuidados, cobro de saber, mester sin daño, heredat sin caloña, bienandança sin cuidado. —¿Qué es vegedat? —Mal cobdiciado, muerte de los vivos, enfermedat sana, muerte con fuelgo. ¿Qué es el sueño? —Imagen de muerte, folgura de trabajos, cobdicia de los enfermos, desseo de los mesquinos. —¿Qué es la vida? —Alegría de los bienaventurados, tristeza de los mezquinos, esperança de muerte. —¿Qué es la muerte? —Sueño que dura por siempre, miedo de los ricos, desseo de los pobres, avenimento que non puede seer escusado, ladrón dell omne, fuimiento de la vida, desatamiento de todas las cosas. —¿Qué es la palavra? —Traidor del coraçon. —¿Qué es el cuerpo? —Posada dell alma. —¿Qué es la barva? —Departimiento de maslo e de fembra. —¿Qué es el meollo? —Guarda de la memoria. —¿Qué es la fruente? —Imagen del coraçon. —¿Qué son los ojos? —Guiadores del cuerpo, vasos de la lumbre e juezes del coraçon. —¿Qué es el coraçon? —Recebimiento de vida. —¿Qué es la moliella? —Guarda de la calentura. —¿Qué es la fiel? —Movimiento de la saña. —¿Qué es el baço? —Riso e recebimiento d’alegría. —¿Qué es ell estómago? —Cozinero de los manjares. —¿Qué son los huessos? —Fuerça del cuerpo. —¿Qué son los pies? —Cimiento movedizo. —¿Qué es el viento? —Aire torvado, movimiento de las aguas, sequedat de la tierra. —¿Qué son los ríos? —Cosso que no fallece, recreamiento del sol, riego de la tierra. —¿Qué es amor? —Egualdat de coraçones. —¿Qué es fe? —Maravillosa cercedumbre de la cosa no coñoçuda. —¿Cuál es la cosa que no dexa all omne cansar? —La ganancia.

Todas estas cosas preguntó ell emperador Adriano a Segundo el filósofo e él respondiol a ellas, escriviendo las respuestas en la tabla. E desque ovo Adriano ordenados todos sus fechos en Athenas, tornosse pora Roma.

Posteridad de un texto

La historia de la literatura española medieval, renacentista y barroca no sería la misma sin el concurso de la Estoria de España. Por un lado, la obra catapultó el fecundo género de las llamadas «crónicas generales» (o «alfonsíes»), que a lo largo de los siglos XIV y XV aprovecharon los materiales elaborados por el taller historiográfico del Rey Sabio, como la Crónica de Castilla (c. 1300) o la Crónica de 1344 (véase De la cultura manuscrita a la pantalla digital#Las crónicas generales). Además, gracias a la edición de la Estoria que realizó Florián de Ocampo en 1541 (ensamblando las refundiciones hoy denominadas Crónica general vulgata y Crónica ocampiana; véase De la cultura manuscrita a la pantalla digital#Las crónicas generales), muchos de sus contenidos pudieron ser aprovechados por Lorenzo de Sepúlveda para componer sus Romances nuevamente sacados de historias antiguas de la «Crónica de España» (Amberes, 1551), obra que versionaba «en metro castellano y en tono de romances viejos» la prosa histórica alfonsí, con el propósito de difundir una materia de otro modo inaccesible a muchos. Este romancero de tema histórico nacional (que disfrutó de catorce ediciones antes de 1585), inauguró el llamado «romancero erudito», un subgénero poético-editorial de gran éxito durante la segunda mitad del siglo XVI, con obras como el Romancero historiado de Lucas Rodríguez (c. 1580), y que alcanzará incluso los comienzos del XVII.

Finalmente, los dramaturgos de nuestro Siglo de Oro también acudieron con frecuencia a la Estoria de España (de nuevo a través de la versión publicada por Ocampo en 1541) en busca de argumentos para sus comedias. Así ocurre, por ejemplo, con la célebre obra de Lope de Vega El mejor alcalde, el rey, un drama de villano honrado que ha de recurrir al soberano para defender el abuso cometido contra él por el señor de sus tierras. En efecto, la obra de Lope es un desarrollo dramático de la narración que Alfonso incorporó a la Estoria de España, procedente del Chronicon mundi Lucas de Tuy, durante el reinado de Alfonso VII.

La Estoria en el cine



Charlton Heston, Félix Rodríguez de la Fuente y Ramón Menéndez Pidal durante el rodaje de la película El Cid.


La Estoria de España (en sus versiones Crítica y Amplificada) fue una de las grandes vías de transmisión de los temas cidianos a la posteridad. Para la elaboración de los extensos capítulos dedicados al héroe castellano, los estoriadores alfonsíes dispusieron de un conjunto de obras que superaba en cantidad y calidad a la de cualquier rey contemporáneo de Rodrigo. En primer lugar, contaron con varios cantares de gesta del ciclo cidiano: Las particiones del rey Fernando, el Cantar de Sancho II y un testimonio del Cantar de Mio Cid muy similar al conservado en el célebre manuscrito de Vivar; asimismo, con la biografía latina del héroe conocida como Historia Roderici (c. 1180) y tal vez con la Crónica najerense (c. 1185); además, con la obra del historiador árabe Ibn Alfaray sobre el dominio cidiano de Valencia y la Elegía de Valencia de Alwaqqashí (c. 1094); y finalmente, con el breve texto navarro llamado Linaje de Rodrigo Díaz (c. 1094) y con la llamada Leyenda de Cardeña, una serie de materiales semihagiográficos sobre Rodrigo Díaz compuestos en el monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña a mitad del siglo XIII. Es de notar que el contenido de varias de estas obras nos sería hoy desconocido si no hubieran sido incorporadas a la Estoria, pues sus respectivos originales se han perdido; entre ellas, la Leyenda de Cardeña, que transmitía uno de los episodios de la vida del héroe más recordado por la memoria colectiva de los españoles: la famosa victoria del Cid después de muerto. La fuerza de este relato hizo que el director de cine estadounidense Anthony Mann lo eligiera para cerrar su famosa película épica en torno al héroe castellano (El Cid, 1961), para la que contó con la interpretación de Charlton Heston y Sofía Loren, y el consejo histórico-literario de Ramón Menéndez Pidal. En definitiva, tampoco el guión de este conocido film hubiera sido el mismo sin el empeño historiográfico del Rey Sabio.

El mejor alcalde, el rey

Ofrecemos aquí el ya mencionado pasaje de la Estoria en el que fue incorporado (desde el Chronicon mundi del Tudense) el cuento del rey justiciero, aplicado en este caso a Alfonso VII el Emperador, y que tres siglos y medio después sirvió de inspiración a la comedia de Lope de Vega El mejor alcalde, el rey. Cabe conjeturar que Alfonso encontrara en él un correlato narrativo-anecdótico de su concepción jurídica (según la cual corresponde al rey, en última instancia, el ejercicio de la justicia en los límites de su reino) y viera en ello razón suficiente para su inclusión.

El capítulo de la justicia dell emperador

Este don Alfonso, emperador de España, era prínçep muy justiciero e de cómo vedava los furtos e los males en su tierra puédese entender por esta razón que diremos agora aquí. Un infançón que morava en Gallizia e avié nombre don Fernando tollió por fuerça a un lavrador su heredat. E el lavrador fuesse querellar all emperador, que era en Toledo, de la fuerça que fazié aquel infançón. E ell emperador envió su carta luego con esse lavrador all infançón que, luego vista la carta, quel fiziesse derecho de la querella que d’él avié. E otrossí envió su carta al merino de la tierra en quel mandó que fuesse con aquell querellosso all cavallero e que viesse cuál derecho le farié e que gelo enviasse dezir por su carta. Ell infançón, como era omne muy poderoso, cuando vio la carta dell emperador fue muy sañudo e començó de menazar al lavrador e dixo quel matarié e non le quiso fazer derecho ninguno.

Cuando el lavrador vio que derecho ninguno non podié aver dell infançón, tornosse all emperador a Toledo con letras de omnes buenos de la tierra en testimonio de cómo non pudiera aver derecho ninguno d’aquell infançón del tuerto quel fazié. Cuando ell emperador esto oyó llamó sus privados de su cámara e mandoles que dixiessen a los que viniessen demandar por él que era dolient e que estava flaco e que non dexassen a ninguno entrar en su cámara. E mandó a dos cavalleros muy en poridad que guisassen luego sus cavallos e irién con éll. E fuesse luego muy encubiertamientre con ellos pora Gallizia, que non quedó de andar de día e de noche. E pués que ell emperador llegó a aquel logar do era ell infançón, mandó llamar al merino e demandol quel dixiesse verdad d’aquel fecho e el merino díxogelo todo.

E ell emperador, pués que sopo todo el fecho, fizo sus firmas sobr’ello e llamó omnes buenos del logar e fue con ellos. E parosse a la puerta dell infançón e mandol llamar e dezir que saliesse all enperador, quell llamava. Quando ell infançón aquello oyó, ovo muy grand miedo de muerte e començó de foír. Mas fue luego preso e aduxiéronle ant’ell emperador. E ell emperador razonó tod el fecho ante los omnes buenos. E como despreciara la su carta e non fiziera ninguna cosa por ella e ell infançón nin contradixo nin respuso contra ello ninguna cosa, e el emperador mandol luego enforcar de la su puerta misma. Estonces ell emperador andido descubierta e manifiestamientre por Gallizia toda e paziguó toda la tierra. E tan grande fue ell espanto que todos los omnes de la tierra ovieron por este fecho que non fue ninguno osado en toda la tierra de fazer tuerto a otro. E esta justicia e otras tales como estas avié fechas ell emperador por que era éll muy temido de las yentes e vivién cadaunos en lo suyo en paç.

Sonidos de otro tiempo



En el principio fue El Cid



En la segunda sección de esta vitrina hemos comentado la importancia de la Estoria de España para nuestro conocimiento de la épica española. Uno de los cantares de gesta incorporados a la obra es el de Mio Cid, en una versión muy similar a la conservada en el célebre manuscrito de Vivar. En este audio puedes escuchar el comienzo del cantar, en una recitación a cargo del musicólogo e intérprete Antoni Rossell.